Estaba en el suelo. Delante mío. A mis pies. A su alrededor, un charco de sangre. Sus pulmones expulsaban las últimas gotas de aire mientras su alma abandonaba ese cuerpo que, poco a poco, iba muriendo. Aquel hombre que en su día me quitó lo que yo más quería, expiraba, al fin, su último aliento. A su lado, el cuchillo castigador, vástago de la culpa y el frío acero; también manchado de la roja esencia de la vida. La cólera y la venganza habían empuñado aquel cuchillo, pretendiendo saciar mis deseos, y, sin embargo...
Mi hijo seguía estando muerto.
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