Dirigí la mirada al espejo y vi en él el reflejo del mal, el mal reencarnado en una imagen de mí mismo que me devolvía una mirada profunda con esos ojos de color áureo sucio, una mirada que se adentraba en mi alma con la misma facilidad con la que traspasaba los mechones de pelo que intentaban ocultar esos ojos salpicados por el pecado.
Su boca (mi boca) esbozaba una sonrisa diabólica, irónica, compañera perfecta para aquella mirada. Aquellos dientes brillantes (los míos) parecían retar a uno a cometer la mayor de las locuras en una mueca que haría estremecerse a cualquier ser sensible. Todo su rostro (mi rostro), de hecho, habría producido tal estremecimiento, pues estaba salpicado de sangre. La sangre ajena, derramada por sus propias manos (mis manos), de las que ya no era dueño.
El odio hacia mí mismo escapó de mi boca, transformado en una sonora carcajada que hizo temblar el espejo. Mis ojos dejaron caer unas lágrimas de pena, pena disfrazada de júbilo. (Perdí el control)
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